Enigmas

(c) 2002 Alejandro Pablo Gaggino (alejandrogaggino@hotmail.com).

Publicado por primera vez en buanzo.com.ar.

Si había algo que caracterizaba a Pablo era esa necesidad por resolver todo tipo de problemas que tuviera a su alcance. Mas que problemas eran puzzles, enigmas, pensamientos laterales, juegos matemáticos. No había en el mundo de los juegos de ingenio, alguno que se le presentase imposible. Ya de pequeño mostraba una incipiente facilidad para resolver todo tipo de juegos. El padre a partir de los 6 años, le compraba palabras cruzadas, sopas de letras, libros de pensamiento lateral y no pasaba mas de algunos días sin que el chico le pidiera algún otro libro o revista.

Con el tiempo creo un arte del resolver estos problemas. Primero escuchaba el enunciado, luego se lo repetía a si mismo en una retahíla continua, dándole vueltas y encontrando posibles grietas, mas tarde lo analizaba y al cabo de algunos minutos, u horas como máximo tenia la respuesta y cuando la enunciaba se veia que disfrutaba el hecho de haberla descubierto. Era como si los enigmas presentaran para el un desafío propio del que no podia escapar.

Se encontraba en un bar Pablo, contando ya la edad de 24 años. Sus amigos lo rodeaban y sus vistas se clavaban en él y se podia ver un brillo de fascinación en sus ojos.

-Y la mujer se dio vuelta en la mitad del puente -decía Pablo, dejando entrever su orgullo- y para cuando lo vio el guardia, este la hizo volver a Alemania, porque creyó que de ahí venia.

Una vez que hubo terminado de explicar la respuesta, se recostó en la silla, suspiro largamente y se relajo en su asiento saboreando su capuchino que ya se había enfriado. Mientras, sus amigos murmuraban entre sí a ver si sabían otro juego de pensamiento lateral.

-Discúlpeme -dijo una voz cascada desde detrás, sobresaltándolo- no he podido evitar oírlo y, permítame decirle, es usted maravilloso en esto.

Cuando Pablo se hubo recuperado del susto inicial se dio vuelta sintiendo como el color rojo iba ganando lugar en su cara (era muy vergonzoso). Se tomo su tiempo para analizar al hombre que tenia detrás. Tendría unos 60 años, pelo ralo, barba blanca cortada perfectamente y un traje que hoy se lo podría llamar anacrónico. También llevaba en su mano izquierda un bastón de caoba negra que le hacia juego a la perfeccion con el traje.

-Pero donde olvide mis modales -dijo el hombre- mi nombre es Jhon Riddledeath -dijo extendiendo la mano- pero eso no es lo importante. Llevo recorrido gran parte de este vasto mundo ofreciendo mis servicios. ¿Cual es mi trabajo? Buena pregunta, ofrezco a la gente lo que quiere, soy como un vendedor de, digamos utopias, consigo lo que se cree que es imposible.

Si a Pablo le hubieran preguntado en ese momento porque sintió un escalofrío cuando escucho como el hombre hacia su presentación no habría respondido con coherencia. ¿Seria por la cadencia en las palabras del viejo, o su voz cascada e hipnotizante? Quizás ambas.

-Bien, bien, bien, veamos que tengo para ti -dijo Jhon, mientras buscaba en su portafolio finamente hecho en cuero, también negro. Era como si, para el hombre, la sola idea de que existiera otro color para vestir le repugnara- Ah si! Claro, debí haberlo supuesto- dijo.

Luego de remover algunos papeles de su portafolio, leyó uno, asintió satisfecho y clavo sus ojos grises acerdados en Pablo.

-Que es lo que el que fabrica no necesita, el que lo compra no lo usa para sí, y el que lo usa no sabe que lo hace.

Dicho esto, reordeno los papeles descuidadamente, arrojo unas monedas sobre la mesa para pagar lo que había consumido y se retiro del local.

Pero Pablo no noto que Jhon se había ido. Enfrascado en sus pensamientos, el mundo que lo rodeaba perdía protagonismo. Interesante pensó, esta bien construido, y jamás lo había oído, tiene que ser mío. Y una chispa de codicia se encendió en sus ojos.

-Que es lo que el que fabrica no necesita, el que lo compra no lo usa para sí, y el que lo usa no sabe que lo hace, empezó a murmurar como un rezo repetido una y otra vez hasta el hartazgo.

Pasadas un par de horas, cuando los amigos se quedaron sin tema de conversación, decidieron levantarse y retirarse del bar, aun a sabiendas que dejaban a su amigo, porque conocían el trance que se encontraba sumido, no era ni la primera ni la ultima vez que lo hacia, así que decidieron no preocuparse. Pagaron y se fueron.

Mas tarde aun, cuando debían cerrar el local le pidieron a Pablo que se retire. Cuando el mozo le hablo, Pablo lo miro como de hito en hito y solo moviendo los labios como si estuviera leyendo alguna culpa escrita en la frente del empleado.

Se levanto lentamente y caminano de regreso a su casa mientras seguía murmurando el enigma:

-Que es lo que el que fabrica no necesita, el que lo compra no lo usa para sí, y el que lo usa no sabe que lo hace. Abrió la puerta casi automáticamente y subió a su cuarto y de allí no salió más.

Al día siguiente su madre lo llamo a desayunar, pero Pablo no bajo. A la hora del almuerzo volvió a llamarlo, pero tampoco recibió respuesta.

- Bueno -insistió en convencerse la madre- debe estar enfrascado con otro de sus juegos de ingenio. Cuando cayo la noche, la madre empezó a preocuparse y llamo a la puerta de su cuarto.

-Pablo, estas bien - abrió lentamente, y lo encontró sentado delante del escritorio murmurando su rezo continuo. -Bueno, te dejo la cena acá arriba, y dicho esto la madre se fue a dormir, aunque intranquila.

Al otro día encontró la cena fría y a su hijo en el mismo lugar.

-Pablo, si no comes te va a hacer mal -insistió inútilmente la madre.

Digamos que con el tiempo, Pablo empezó a perder peso, a demacrarse. Las ojeras que se habían instalado debajo de sus ojos se hicieron mas oscuras y lo tuvieron que internar con un importante cuadro de desnutrición, pero ni siquiera el suero le servia ya que se estaba literalmente desvaneciendo. Ni su novia, ni sus amigos ni siquiera su familia pudo sacarlo de ese trance donde solo sus palabras le hacían compañía y el enigma era su mundo. La naturaleza siguió su curso y Pablo murió.

En su funeral, al que había asistido el pueblo entero (que no era muy grande) se distinguió de entre todos un viejo de barba blanca prolijamente recortada. Se acerco al lugar de reposo de Pablo, que estaba con su color rosado, como si solo estuviera durmiendo y con sus manos descansando sobre su pecho, y le susurro al oído:

-El ataúd. La respuesta es el ataúd. Y comenzó a reírse convulsivamente. Tuvieron que sacarlo de ahí, mas por miedo a su presencia que por falta de respeto al finado. Cuando Jhon se hubo controlado y limpiado las lagrimas de sus ojos, y aun con la sonrisa que se negaba salir de sus labios le dijo al portero del sepelio:

-Discúlpeme, quisiera saber donde puedo encontrar a Alejandro del pueblo Ceylon, porque creo que me espera.

Cuando recibio las indicaciones de cómo llegar al siguiente lugar, abrió su portafolio, revolvió en el papelerio y saco una lista en la cual tacho prolijamente: Pablo (enigmas) Pueblo Cinnamint. Y se caminó lentamente a Ceylon, sabiendo que tenia todo el tiempo del mundo para llegar alli.

Fin